miércoles, 27 de julio de 2016

La matanza.



Ya llega el matancero con las luces del alba, con la gravedad cosida a sus pasos que hacen crujir la alfombra de hojas extendidas en la tierra, que era mi latifundio ya sin amo ni feudo. Aún colgada cabeza abajo ,casi rozando el suelo, y mi cuerpo ondulante en todas las direcciones puedo discernir por el estrepitoso rumor de la muerte de donde viene el matarife con sus botas de campo desgastadas y el cigarrillo de liar descansado en la boca. Puedo distinguir que camino ha truncado mi verdugo porque yo vengo del mismo sitio marcando tantas veces ese mismo sendero de reminiscencia. Quien sabe si ese cuchillo, pincel de orbituarios, es emancipación o castigo, si la madera que empuña mi asesino es la liberación de lo que fueron mis raíces y su punta lacerada no es sino el pináculo del solemne seo que mi totalidad constituyo.

Se escuchan, a lo lejos, un gentío de voces femeninas que provienen todas de una mujer. Una misma mujer que se distiende a lo largo del tiempo y se reencuentra íntegra en el mismo lugar para celebrar con mi muerte la vida. Removerán su propia sangre, que saldrá de mis entrañas, en un lebrillo de circunferencia amplia y composición arcillosa, misérrimo cofre del alma.

Debería sucumbir al pavor por la supervivencia, lanzar gruñidos de agudeza afilada por el miedo a sentir, ya muerta, el olor ácido y fétido de la carne quemada. Pero solo yo, en mi condición porcina, se que no seré alimento de vísceras bien nutridas, pues tras romper mis costillas y arrancar de un solo impulso mis pulmones no verán corazón que no palpite sino ruiseñor liberado de su jaula de sangre y hueso. Lo escucharán cantar, como solo yo lo he escuchado, para todas esas mujeres que no fueron más que una mujer. El matarife será espectador de la autarquía del canto que nadie engordó para ser comida por que nació siendo ya sustento.