miércoles, 27 de julio de 2016

La matanza.



Ya llega el matancero con las luces del alba, con la gravedad cosida a sus pasos que hacen crujir la alfombra de hojas extendidas en la tierra, que era mi latifundio ya sin amo ni feudo. Aún colgada cabeza abajo ,casi rozando el suelo, y mi cuerpo ondulante en todas las direcciones puedo discernir por el estrepitoso rumor de la muerte de donde viene el matarife con sus botas de campo desgastadas y el cigarrillo de liar descansado en la boca. Puedo distinguir que camino ha truncado mi verdugo porque yo vengo del mismo sitio marcando tantas veces ese mismo sendero de reminiscencia. Quien sabe si ese cuchillo, pincel de orbituarios, es emancipación o castigo, si la madera que empuña mi asesino es la liberación de lo que fueron mis raíces y su punta lacerada no es sino el pináculo del solemne seo que mi totalidad constituyo.

Se escuchan, a lo lejos, un gentío de voces femeninas que provienen todas de una mujer. Una misma mujer que se distiende a lo largo del tiempo y se reencuentra íntegra en el mismo lugar para celebrar con mi muerte la vida. Removerán su propia sangre, que saldrá de mis entrañas, en un lebrillo de circunferencia amplia y composición arcillosa, misérrimo cofre del alma.

Debería sucumbir al pavor por la supervivencia, lanzar gruñidos de agudeza afilada por el miedo a sentir, ya muerta, el olor ácido y fétido de la carne quemada. Pero solo yo, en mi condición porcina, se que no seré alimento de vísceras bien nutridas, pues tras romper mis costillas y arrancar de un solo impulso mis pulmones no verán corazón que no palpite sino ruiseñor liberado de su jaula de sangre y hueso. Lo escucharán cantar, como solo yo lo he escuchado, para todas esas mujeres que no fueron más que una mujer. El matarife será espectador de la autarquía del canto que nadie engordó para ser comida por que nació siendo ya sustento.




miércoles, 24 de febrero de 2016

El placer de la disputa.

 Encuentro excitante la discusión, la antítesis del punto exacto, que casi nunca es el intermedio, del que parte la conversación.  Sentir la razón caer en la desidia de volver a escribirle al viento lo que un vendaval de ignorancia ha arrasado es, en definitiva, la verdadera guerra del ser humano, pues expone su opinión y no su carne para ser dañada. Cuando perforan con el juicio la piel translúcida de la creencia sangra el dogma hasta quedar la herida en forma de interrogación, esta muerte que nos conduce al escepticismo es más dolora que aquella que no ofrece el tiempo de preguntarse nada. En la disputa nace ese frenesí de defender lo que puede extinguirse y apagarse hasta no ser más que el recuerdo de una cordura equívoca trazando una linea de semejanza entre el buen conversador y un ludópata.

Pero lo más hermoso, que es casi sensual, del método dialógico es defender las causas perdidas, saber que caerás en el placentero suicidio de la sinrazón pero aterrizarás en el terreno fértil de las quimeras. Esta tierra, que es vástaga de las utopías donde ha crecido el raciocinio y el vino embriagador de la dicción, es el Parnaso de los poetas. Allí, entre Freud y Cervantes, es donde voy a morir cada día en la validez de cualquier razonamiento si sabes mirar con ojos de todos los hombres.

Muero. Y de la cuenca de mis ojos crece una nueva idea, un girasol. Pues el hombre, como dijo aquel viejo que amaba el mar, no está hecho para ser derrotado; puede ser destruido pero jamás derrotado por que donde existe la controversia hay un ventanal a tierras llenas de agujeros para las semillas del pensamiento.