miércoles, 24 de febrero de 2016

El placer de la disputa.

 Encuentro excitante la discusión, la antítesis del punto exacto, que casi nunca es el intermedio, del que parte la conversación.  Sentir la razón caer en la desidia de volver a escribirle al viento lo que un vendaval de ignorancia ha arrasado es, en definitiva, la verdadera guerra del ser humano, pues expone su opinión y no su carne para ser dañada. Cuando perforan con el juicio la piel translúcida de la creencia sangra el dogma hasta quedar la herida en forma de interrogación, esta muerte que nos conduce al escepticismo es más dolora que aquella que no ofrece el tiempo de preguntarse nada. En la disputa nace ese frenesí de defender lo que puede extinguirse y apagarse hasta no ser más que el recuerdo de una cordura equívoca trazando una linea de semejanza entre el buen conversador y un ludópata.

Pero lo más hermoso, que es casi sensual, del método dialógico es defender las causas perdidas, saber que caerás en el placentero suicidio de la sinrazón pero aterrizarás en el terreno fértil de las quimeras. Esta tierra, que es vástaga de las utopías donde ha crecido el raciocinio y el vino embriagador de la dicción, es el Parnaso de los poetas. Allí, entre Freud y Cervantes, es donde voy a morir cada día en la validez de cualquier razonamiento si sabes mirar con ojos de todos los hombres.

Muero. Y de la cuenca de mis ojos crece una nueva idea, un girasol. Pues el hombre, como dijo aquel viejo que amaba el mar, no está hecho para ser derrotado; puede ser destruido pero jamás derrotado por que donde existe la controversia hay un ventanal a tierras llenas de agujeros para las semillas del pensamiento.


















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