miércoles, 25 de noviembre de 2015

Sin sentido literario ni literal.

Querido Heráclito:

Desde hace unas semanas el río que es gestado por el tiempo, y en el que en su defecto por mi finitud me baño, no trae más que pirañas y restos latentes de desesperaciones pasadas. Comprendo que quieras ser fiel a la creencia que te dio renombre, privando al ser humano de la convicción de que nos podemos bañar dos veces en un mismo río, por que para ti sus aguas cristalinas y frescas nunca son las mismas que te empaparon la última vez. Pero debo contradecirte y recordarte la existencia de los charcos; de esa belleza, ese arte efímero e informe de la materia liquida que acabará alimentando las entrañas de la tierra. Aunque por las sales minerales acaben dejándome el mismo regusto salado que las lágrimas exijo mi efímero charco de felicidad.

Mis razones pueden ser comprendidas por cualquiera que no practique una filosofía de vida presocrática, es decir, todo el mundo. Pero desafiando mis capacidades de convicción me gustaría exponerte los motivos por lo que creo que debes dejar ese pensamiento tuyo que tanto daño ha hecho en mi vida.

La carencia de de buena suerte es, en efectos pragmáticos, parte de mi misma, incluso en ocasiones es la exaltación de la parte más hermosa que me compone. Los mayores errores que he cometido, y sí todos los viriles individuos que habéis jodido todas y cada una de mis nociones de amor estáis incluidos en la palabra error, han sido a su vez (y para mi posterior mayor frustración) los acontecimientos más divertidos, exuberantes y espléndidos de los que he tenido la oportunidad de formar parte. Pero pasaron dejándome atrás, como también pasan las aguas de tus ríos contaminadas por fábricas de relojes, mentiras y actualmente de pelucas.

Y no he escogido una fábrica de pelucas como un dato aislado y aleatorio, si no como consecuencia de la semicalvicie que tengo en mi cabeza desde que intenté ser salmón e ir contra la corriente de las catastróficas desdichas mi vida, por el fallido intento de elevar mi amor propio volviéndome a rapar la parte trasera del baúl que guarda mis pensamientos. Pero como era de esperar al pulsar el número dos del mecanismo devora cabelleras era en realidad un menos dos, marqué esa potencia que no te deja ni el recuerdo que hubiera existido un atisbo pelo en esa zona de tu cabeza. Lejos de culpar a nadie, como si ya no fuera consciente de que mi nuca se prolongaba a un descampado de blancura y paupérrima belleza, mi madre me dedicó esas palabras casi prosódicas que solo pueden ser pronunciadas desde el cariño inmensurable de la maternidad: "Estás horrorosa"

Verás Heráclito, no tengo nada contra tu filosofía pero tanto perenne cambio que la indómita naturaleza nos da con su elemento más hermoso me está jodiendo la vida. Me planteé que quizás fuese yo la que no estaba comprendiéndote y llegué a la conclusión de que debía seguir un método deductivo: si el devenir me perjudica solo debo abandonar este trajín de eterna fluidez, de baños límpidos en las cataratas de la vida y quedarme en la orilla de tu río lanzando piedras para estudiar el radio siempre creciente de su impacto. Cuando me estaba dejando llevar por un razonamiento antropológico y limitándome a estudiar la causa y efecto de mis situaciones pasadas acabé imbuida en un mar de mierda ajena que llaman desengaño. Las piedras preciosas que descansaban sumergidas en el cuenco que yo misma elegí para decorar mi salón de felicidad acabó desempeñando la función existencial de un arma blanca sintiéndome más traicionada que Zeus por Apolo e inmovilizada por un caudal de inmundicia. Bajo mi filosofía de no dejarme llevar por el drama ese mismo y desdichado día estrené mi obra de teatro. Seguro, querido Heráclito, que este dato a encendido la esperanza en tus pupilas y te habrá sucumbido el pensamiento de que si dejamos que el dolor fluya dentro de uno mismo podemos encontrar la fuerza y el coraje, el pensamiento estancado y superfluo de la oruga que fue, pese a todo, mariposa.

Pues no.

Llevé al extremo el sentimiento de la obligación, contrariada por la necesidad de cariño acabé en un bucle de dudas en el que sigo sumergida sin identidad, sin pelo, sin nadie que luche por mi, siendo sin ser pero aún con un resquicio de sentido del humor.

Por tanto, pido que cuando las cuencas inertes de tus ojos lean mi sentida carta cambies tu filosofía del devenir a la de "novenir" porque vas a estar jodido y muerto de frío en un río de desgracias que es la vida. Si tu intención era que nos dejáramos llevar por el eco de la existencia solo deberías haber dicho: Cierra los ojos, que cuando sueñas todo pasa, incluso los ríos llenos de todo menos de ti. 


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